Rio magdalena-viaje por las venas de Colombia.
Pese a los cambios históricos y a la depredación de que ha sido víctima y que ha reducido de manera alarmante su biodiversidad, el Magdalena sigue siendo el río más importante del país. Un recorrido por su cauce, desde el estrecho en San Agustín, Huila, hasta su desembocadura en Barranquilla muestra cómo millones de colombianos construyen su vida alrededor de sus aguas, así como las personas e instituciones que luchan por evitar que afluentes, ciénagas y demás ecosistemas asociados dejen de existir.

El Río de las Tumbas.
En el valle del Alto Magdalena, que cubre el estrecho del río y los municipios de San Agustín e Isnos, se encuentra el lugar sagrado en donde una mítica cultura, que aún es un misterio, le daba el último adiós a los muertos importantes. Hace 2.300 años esta cultura labró en piedra imponentes estatuas antropomórficas y zoomóficas que custodian las tumbas y que ahora hacen parte Parque Arqueológico de San Agustín e Isnos. Dicen los expertos que la grandeza de la cultura que habitó la región y que ya se encontraba desaparecida para la llegada de los españoles, fue posible gracias las aguas del Magdalena.
Su agua limpia y de color verde claro contrasta con la fuerza que toma al reducirse por gigantescas piedras acomodadas por la naturaleza a manera de canal en escasos cuatro metros de ancho. La brisa fría de la parte alta del valle del Magdalena, entre las cordilleras Central y Oriental, alimenta leyendas de espíritus que dominaban los saberes de la naturaleza. El Río de las Tumbas, como lo llamaban sus antiguos pobladores antes de ser bautizado por los españoles como río Grande de la Magdalena, recibía en este lugar pagamentos por los favores recibidos.

 

 El costo del progreso.
En el alto Magdalena, en el departamento del Huila, se encuentran dos de las represas más grandes de Colombia: Betania y El Quimbo. Ambos proyectos, junto con una red de hidroeléctricas ubicadas a lo largo y ancho del territorio nacional, se construyeron para convertir a Colombia en un país autosuficiente en energía eléctrica, objetivo que se logró con creces. Sin embargo esa autosuficiencia, que incluso alcanza para exportar, se hizo realidad a costa de grandes cambios sociales, culturales y ambientales. El Quimbo y Betania no solo cambiaron el paisaje, sino que transformaron la vocación económica de la región y la relación de sus habitantes con el río. Muchos recuerdan con nostalgia lo que eran sus vidas y el río antes de las dos presas, otros, quizás más pragmáticos, se han amoldado a las nuevas circunstancias.
Poco queda de la enorme diversidad y cantidad de animales reportados por los primeros expedicionarios europeos que recorrieron sus aguas. Los papagayos de color rojo, verde y azul y otros pájaros de colores brillantes; las manadas de monos que poblaban las ramas; las iguanas que permanecían inmóviles en la maleza; los grandes caimanes que simulaban troncos de árboles en el cieno; las serpientes, las tortugas, las grullas, flamencos y demás aves zancudas paradas sobre una pata; los manatíes y demás mamíferos que describió el diplomático francés Auguste Le Moyne cuando viajó a finales del siglo XIX por el Bajo y Medio Magdalena. Todos ellos se encuentran hoy en peligro de extinción y cada vez se ven menos. Actualmente, divisar un manatí o un caimán puede costar días de búsqueda.
Esa mega diversidad fue desapareciendo, acorralada por la ganadería y la agricultura. Incluso la pesca, actividad insignia del río, se ha reducido de una manera dramática. Lamentablemente, se cumplió el sueño modernista del científico Manuel Ancízar, cuando a mediados del siglo XIX, interpretando el criterio de la época, dijo: “Con el transcurso del tiempo y la mayor población, abatido el bosque y desagüados los pantanos, desaparecerán estos inconvenientes y las mencionadas llanuras serán el criadero de numerosos rebaños, que alternarán con haciendas de café y caña”
Se podría decir que la triada modernidad, progreso y civilización le ha generado daños irreversibles al Magdalena. Un recorrido por los 1.528 kilómetros de sus cuencas altas, media y baja muestra una radiografía de un guerrero que, pese a sus heridas, se niega a morir y que sigue siendo importante para los colombianos. Al fin y al cabo, alberga casi 80 por ciento de la población en su cuenca y es responsable del mismo porcentaje del PIB del país.
ARTICULO TOMADO: REVISTA SEMANA, 01-2018 http://especiales.semana.com/rios-de-colombia/magdalena.html